Lía
El Yongote es una de las nacientes del Río Cañete. Es
el nevado central de Yauyos, y de sus glaciares se forma una laguna,
cuyas aguas alimentan el río chico, el mismo que desciende, atraviesa la ciudad
de San Juan de Yauyos, y luego de convertirse en el “Río profundo” con
que lo bautizó Arguedas, se une hacia el Río Grande hacia el este de
Magdalena.
Junto a la laguna hay una cabaña. Y siempre quise ir
con Lía a ese lugar, para pasar una noche romántica en ella, acurrucados
ambos, protegiéndonos mutuamente del frío.
“Ya habrá
oportunidad pepe. Y es vedad, dicen que allá hay una cabaña”, comentaba Lía. Pero no llegaba la oportunidad, y los
años pasaban y pasaban.
Hasta que llamó Lía:
-Hola cariño, quiero que vengas a Yauyos para irnos
juntos al Yongote.
-¿Cuándo?
-¡Inmediatamente!-, me ordenó.
Yo obediente viaje a Yauyos. Fui a Imperial, Av. La
Mar, y junto al “restaurante Lino”, al caer la tarde, tomé el ómnibus que
debía llevarme a la ciudad de Yauyos.
La primera vez que oí hablar del Yongote fue en el año
1975, mucho antes que naciera Lía, cuando yo frecuentaba el “Club Azor”, en
Valle Grande.
Por aquella época se organizó una excursión a dicho
lugar .Yo no fui, pero los que fueron me narraron después lo mágico de
aquel paisaje. Mi amigo Cote incluso se había animado a cazar patos en la
laguna que se forma al pie de Yongote… y quedó inmovilizado de dolor por el
frío. Pero más allá de dicho accidente, siempre quedó en mi alma el deseo de
visitar ese idílico lugar.
Entonces yo tenía quince años. Lía nació dos años más
tarde, y la conocí 25 años después, y desde que la conocí, en Yauyos,
dicho lugar me pareció el más fantástico y romántico del mundo, y
mis poemas fueron naciendo, creciendo y fluyendo cálamo currente hacia el
Yongote.
Hasta que me llamó Lía, y me ordenó que
“inmediatamente” corriera a buscarla.
El ómnibus fue ascendiendo la cordillera y hacia la
medianoche llegamos a Magdalena, poblado a orillas del Río Grande, y desde el
cual empieza el ascenso hacia la ciudad de las calabazas.
La puerta del ómnibus se abrió. Subió un señor con un
poncho, una señora con un atado a su espalda, y un chico con un gorro. Y se
reanudó el viaje, y subimos por la ladera del cerro, el abismo se hacía cada
vez más grande, la noche más profunda, la tormenta más húmeda, la curva de la
muerte y nosotros cayendo al abismo, ah, ah, ah…
Ah, otra vez en Magdalena. ¿Había soñado?¿Era una
premonición?. Sea lo que fuera, lo real
es que todavía estábamos en Magdalena. Entonces la puerta del ómnibus se abrió.
Subió un señor con un poncho, una señora con un atado a su espalda, y un
chico con un gorro. Y se reanudó el viaje, y subimos por la ladera del cerro,
el abismo se hacía cada vez más grande, la noche más profunda, la tormenta más
húmeda, la curva de la muerte y nosotros cayendo al abismo, ah. Ah, ah…
Ah, y otra vez en Magdalena. ¿Había vuelto a soñar, y
lo mismo? ¿Dios me daba otra oportunidad y me advertía? Sea lo que fuera lo
real es que todavía estábamos en Magdalena.
Entonces
la puerta del ómnibus se abrió. Subió un señor con un poncho, una señora con un
atado a su espalda, y un chico con un gorro. Entonces me dirigí a dios, “Padre
mío, no se porque no quieres que suba a Yauyos, pero de verdad voy a ir, aunque
me mates en el intento. Voy a ir porque quiero ver a Lía”.
Y se reanudó el viaje, y subirnos por la ladera del
cerro, el abismo se hacía cada vez más grande, la noche más profunda, la
tormenta más húmeda. Pero antes de llegar a la curva de la muerte el ómnibus
paró. Un asno se había cruzado. Ello detuvo el vehículo medio minuto, y basto
para que la historia cambiara. No caímos al abismo y llegamos a Yauyos.
Lía me estaba esperando. Al alba partimos al Yongote. Una Vez allí nos
acurrucamos dentro de la cabaña, y no unimos en la más hermosa unión que hombre
y mujer ha tenido alguna vez.

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